Cuando era chico nadie vivía en departamentos. Había; patios,
enredaderas y humo de parrillas. Después platos de madera, partidos de truco,
moscas y helado barato del que viene en el tacho de cinco litros. De alguna
forma los edificios se fueron apoderando de la ciudad. Y esas costumbres
tienden a extinguirse o a transformarse. Probablemente en algún futuro no tan
lejano desaparezcan las casas y no podremos distinguir desde afuera con la luz
de la cocina si llego mamá y los perros tendrán que acomodarse al sonido de
ascensores. No habrá más espacio para partidos de futbol sin arco, ni rayuelas;
ni batallas campales entre autitos y muñecos. Solo habrá torres altas y
pantallas; monitores, televisores, celulares y artefactos que todavía no
conozco. Más adelante desaparecerán también. Serán remplazadas por otras
cosas. Y la computadora que alguna vez
fue depredadora de las viejas máquinas de escribir será el nuevo elemento
romántico que sirva para decorar las casas de intelectuales de Palermo.
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