El experimentado mozo baja cautelosamente el café de su bandeja, su mano tiembla y la taza se mancha. La tarea no es difícil, pero esta complicación suele aparecer entre los principiantes.
No requiere de un estudio previo y tampoco es excusa la falta de practica. La experiencia solo suma si te da la seguridad de poder hacerlo, la convicción. Ahí esta la clave en la mayoría de los desafíos.
jueves, 26 de febrero de 2015
martes, 24 de febrero de 2015
Playa invierno
En este lugar siempre llovía y la noche era casi eterna, los
rayos de sol se escondían constantemente
detrás de nubes negras. Pero el mar siempre estaba ahí, la arena era pura, el
aire acariciaba, la gravedad actuaba distinto, nos hacía flotar y además
estábamos casi solos.
Llegábamos de casualidad porque no aparecía en ningún mapa y
todas las rutas iban a contramano. Tampoco teníamos gps, nos llevaba la intuición, la razón , el
impulso y el deseo. Parábamos en cualquier casa abandonada. No había oficina
turística ni turistas, no salía en los recomendados del diario, no lo ofrecían
en las agencias de viaje, no existían paquetes ni promociones. Carecía de
publicidad. Era un lugar como cualquier otro, distinto a todos.
Julia a veces salía por las mañanas a charlar con los
árboles, se perdía intencionalmente en los bosques porque el tiempo no corría. Sabía que en algún
momento la salida aparecería. Yo frecuentaba la noche, abrazaba a las gotas de
agua, mojarse no era una tragedia. Cantaba para resonar en el vacío y los
médanos me hacían los coros.
Nos encontrábamos a la madrugada, casi no hablábamos,
solamente leíamos nuestros pensamientos y a veces algún libro. Cometíamos
religiosamente los pecados, llenábamos
nuestros cuerpos de vino, clavábamos la mirada sobre el otro un par de horas y
dormíamos en camas separadas.
Algunos días más rutinarios, otros desestructurados,
manejábamos los segundos a nuestro gusto. A veces bailábamos con los locos
sueltos que aparecían casualmente, visitábamos el hospital y almorzábamos en la
escuela. Íbamos al cementerio para tomar clases de historia con los muertos.
Cuando nos sentíamos satisfechos volvíamos sin pedir
permiso, relajados, con poco tráfico, nada de bocinazos y ni una discusión. Ya habíamos tirado las presiones por las ventanillas,
pesábamos lo mismo pero estábamos más livianos.
Así fue durante mucho tiempo, hasta que el sol salió, la
lluvia cesó y la magia se perdió. Playa
Invierno apareció en el mapa, los hoteles se multiplicaron, las ofertas
turísticas y los paquetes también. La gravedad se normalizó y el andar de la
gente también, los relojes volvieron a marcar la hora. Los bares llenos de cola
y prosperidad económica relucían sobre la avenida que supo ser calle de tierra.
Cámaras de fotos, flashes, luces, troncos caídos, naturaleza
muerta, asfalto y olor a ciudad completaban el nuevo paisaje. Los que se
estiran como lagartos poblaban se amontonaban solo en temporada alta, pero lo
arruinaban para todo el año. Nosotros,
fuera de compás, elegimos otra vez quedarnos en casa. Buscando un nuevo lugar
para perdernos del mundo.
sábado, 21 de febrero de 2015
La rebelión de las letras
Una tormenta cubrió la ciudad, arrasó con la calma dominical y rompió con el pronóstico de tarde soleada previsto por el servicio meteorológico. Llovían libros de García Márquez, Cortázar, Kafka y Neruda entre otros. Llovían autores y papeles impresos. La gente, sorprendida y asustada, buscó refugio en las casas de electrodomésticos, se puso a salvo junto al calor de las estufas, los programas de chimentos y las novelas de la tarde. Todo eso era cómodo. Ahí no había ni planteos existenciales ni suicidios ni ideas morbosas o simplemente molestas. Afuera llovía el infierno de la duda, de la búsqueda, de la autenticidad. La tinta nadaba por las calles vacías inundando el mundo de verdades, acabando con la monotonía, ocupando los carteles publicitarios, cambiando el eslogan por el arte, la sangre por las letras, el dolor por el poema. Horas después el cielo se despejó y todo volvió a la normalidad. La rebelión duró poco pero valió la pena.
martes, 17 de febrero de 2015
El ciclo
De la calle puedo ver como todo se sostiene con dolor, quiero una cárcel para el asesino que también hay en mi , en vos, en todos. Ese asesino inmaduro, inconsciente, cultural, antinatural, predeterminado y tan lógico como absurdo.
El que arrasa, el que ignora, el que sigue como si nada. El colaborador, el partícipe necesario, el cómplice, el autor intelectual y la campana. Todos formamos parte, todos lavamos las culpas aunque las bombas sigan cayendo. Todos tocamos power, todos pagamos el peaje o compramos el diario.
Vamos a la oficina, escribimos en un blog, recolectamos la basura, somos presidentes, redactores, editores, vendedores,padres, maestros, arquitectos, recolectores de residuos o futbolistas. Vamos matando el tiempo, vamos distrayendo el curso, poniendo el granito de arena, aceptando la pantalla.Nos conformamos con robar pedazos, nos preguntamos menos de lo que nos respondemos, afirmamos divagando, no pensamos, nos quedamos sin la duda. Les creemos, les confiamos, depositamos, aceptamos papeles como moneda de cambio. Vendemos nuestro tiempo al mejor postor como si fuera un bien negociable. Hipotecamos la alegría.
Nos casamos con las leyes absurdas, nos legislan el amor y le ponen praxis los sentimientos. Nos explican como , cuando , donde y como. Nos enseñan los que no saben para que nunca aprendamos. Pero casi todo lo que sabemos no nos lo explicó nadie.
Nos hundimos en la nada, agachamos la cabeza, contamos hasta 10, aguantamos como si la resilencia fuese siempre virtud. Pagamos y cobramos todo, ponemos un precio, premiamos , castigamos, enterramos nuestros muertos, aceptamos que así es la vida y seguimos con el ciclo. ¿Hasta cuándo?
domingo, 8 de febrero de 2015
Me extraño
Hoy la extrañé más que de costumbre, eso es problema mío y no virtud suya. Son mis falencias, es mi vacío cuando me falta el arte, es mi aburrimiento de la vida y mi necesidad de amar. Pero ella solo es normal, la mejor de las normales, un ser humano y nada más.
Me falta abrazarla, decirle cuanto la quiero sin necesidad
de mentir, las ganas de dormir con ella después de coger, la motivación para cocinar los mejores platos
que mis manos pueden crear y el juego de seducirla todos los días para que
nunca se canse de mi.
Nada es lo mismo en soledad, las películas geniales a veces
se vuelven monótonas, los cuadros pincelazos sobre papel, los discos un
conjunto de ruidos, los ramos de flores un asesinato a la naturaleza y el vino
un antidepresivo que también hace las veces de somnífero.
Cuando la pienso es como si me hubieran arrancado una parte
mía, que nunca tuve y que nunca me perteneció, pero siempre estuvo allí. Un
complemento que nunca necesité pero se tornó indispensable, una compañía para la
ineludible soledad.
Cuando la pienso es un recuerdo de lo que fuimos más que de
lo que somos o podríamos ser. Es un invento tan ingenuo como el amor a primera
vista, que nunca fue más que una calentura idealizada. Es una ficción necesaria. Un placebo, o ese
analgésico que nos auto medicamos sin saber bien porque.Cuando la pienso tengo insomnio, me desvío, pierdo el norte, me distraigo,
dejó las canillas abiertas y me quemo con cualquier cosa. Cuando la pienso
mucho doy vueltas sobre el asunto, analizo y soy autocrítico. Cuando la pienso
más no sé si la extraño a ella o me extraño a mí.
miércoles, 4 de febrero de 2015
Nadie se acuerda de Villa Soldati.
Miercoles:
Hoy me levanté temprano, sabiendo que el viaje desde Munro
hasta Villa Soldati iba a ser largo. También tuve en cuenta que las calles del
barrio porteño también conocido como “bajo flores”, son más transitables para
mi labor como corredor de una marca de cervezas
entre las 8 y las 12. Después de ese rango horario todo se vuelve
bastante más desolado, más turbio.
Avancé en el 46 por Mariano Acosta, hasta la intersección
con la avenida Riestra. No dejó de llamarme la atención la cantidad de cuadras
en donde el paisaje era el mismo. Fueron por los menos 15 seguidas de: autos
destruidos estacionados contra el cordón, Monoblocks venidos a menos, largos
pasillos que conducen a casas humildes, terrenos baldíos, descampados y basura
por todos lados.
Me bajé del colectivo y crucé bastante distraído a la vereda
impar. Sin darme cuenta, casi me llevo puesto al Premetro, un tren antiguo que
parece destartalarse a cada paso y que transita por el medio de la calle. Hacia
adentro se veía peor que desde afuera. Evidentemente Buenos Aires no es una
ciudad para todos como dice el slogan de campaña.
Apuré el paso y me metí en el primer autoservicio, la
diferencia con los barrios del norte es clara, acá las góndolas no están
plagadas de primeras marcas. No hay monopolio, hay variedad. Gaseosas de $8, de
$15 y $20. La decoración y el estado general del inmueble es menos pretenciosa
pero no está mal. Las luces son más tenues, el trato de los chinos es igual en
todos lados.
Promediando la mitad de mi recorrido me fui para las afueras
del barrio, ahí por la Avenida Cruz, por donde pasan los matojos rodandos y
todo se parece más a un Western que a las publicidades que pintan a la Ciudad
de Buenos Aires como una ciudad uniformemente moderna y cool.
Venía relojeando los carteles de la altura buscando el 1959,
cuando de pronto siento un golpe fuertísimo en el brazo derecho. Mi reacción instintiva
fue tirar un codazo hacia atrás, escuché algo así como “dame todo” y salí
corriendo. Cuando gire la cabeza para ver si alguien me seguía observe que un
tipo tenía un fierro en la mano, con eso y me había golpeado, y estaba
acompañado por otros 4. Decidieron no seguirme. Se ve que sería más cómodo
buscar otra presa.
Shockeado y un poco
nervioso decidí visitar igual los clientes que me faltaban. No quería perder mi
derecho a transitar la calle y poder realizar mi trabajo. Fui hasta la parada del colectivo y volví a
mi casa bastante perturbado. Charlé un
poco con mi papá, le conté lo que me había sucedido y lo contextualicé con el estado del barrio. El me respondió que
había trabajo por ahí hace como 30 años. Nada cambió en ese lapso de tiempo, mi
descripción coincidía con la suya.
En Villa Soldati vive gente humilde , viven trabajadores,
chorros y asesinos. Vive gente, como en todos lados. Pero no como en todos
lados, en Villa Soldati no pusieron macetas de colores, no hay subtes, las
plazas tienen el pasto alto, el servicio de recolección de basura es
pésimo, las villas no se urbanizaron y
la gente vive asinada. Nadie se acuerda de los muertos del Parque Indoamericano, de las
promesas no cumplidas y principalmente, a la hora de repartir la torta, nadie se acuerda de Villa Soldati.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

