En
algún momento todo era jugar. Y no importaba a qué. Una pelota, una calesita,
una sortija, un laberinto, una hamburguesa a medio comer, papas fritas frías,
gaseosa aguada y el grito; Nene, primero comé la comida!. Y la respuesta
Mamá quiero jugar!
Mi
vecina, la tarde, el cuarto oscuro, el primer amor, unos muñecos, autitos de
juguete y la ambición de lo interminable, la imaginación. El ejercicio lúdico
del placer. El hacerlo porque si. Sin responsabilidades. De alejarnos de lo
real. De fantasear otros mundos. De hacer arte sin saber ni siquiera que es el
arte.
Los
pinceles, las hojas manchadas, los pies sucios, el árbol,. La ciencia como
aventura, los tubos de ensayo llenos de pasta de dientes y jabón. La ilusión de
que todo explote. El miedo de la copa, la tensión de la superstición. La
indiferencia en la tensión.
Las
zapatillas rotas y los pantalones de
joggin remendados, siempre desalineado, un buzo gris con chocolate y las medias
que la tía regala en navidad. Más relatos, menos información, cuentos, risas y
guerras sin maldad. La complicidad de mi
amigo, el engaño de mi hermano mayor, la sospecha de mis primos, la inocencia
del menor. Acolchados, piso frío,
hormigas, canicas, figuritas, mangueras,
agua. Al carajo todo. ¡Quiero jugar!

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