jueves, 26 de marzo de 2015

Quiero jugar

En algún momento todo era jugar. Y no importaba a qué. Una pelota, una calesita, una sortija, un laberinto, una hamburguesa a medio comer, papas fritas frías, gaseosa aguada y el grito; Nene, primero comé la comida!.  Y la respuesta Mamá quiero jugar!
Mi vecina, la tarde, el cuarto oscuro, el primer amor, unos muñecos, autitos de juguete y la ambición de lo interminable, la imaginación. El ejercicio lúdico del placer. El hacerlo porque si. Sin responsabilidades. De alejarnos de lo real. De fantasear otros mundos. De hacer arte sin saber ni siquiera que es el arte.
Los pinceles, las hojas manchadas, los pies sucios, el árbol,. La ciencia como aventura, los tubos de ensayo llenos de pasta de dientes y jabón. La ilusión de que todo explote. El miedo de la copa, la tensión de la superstición. La indiferencia en la tensión.
Las zapatillas rotas y los  pantalones de joggin remendados, siempre desalineado, un buzo gris con chocolate y las medias que la tía regala en navidad. Más relatos, menos información, cuentos, risas y guerras sin maldad.  La complicidad de mi amigo, el engaño de mi hermano mayor, la sospecha de mis primos, la inocencia del menor.  Acolchados, piso frío, hormigas, canicas, figuritas,  mangueras, agua. Al carajo todo. ¡Quiero jugar!







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