La
noche anterior había decidido apagar el despertador casi como un acto de
rebeldía. A la mañana siguiente puso música suave para relajarse. Arrancó el
día tranquilo, caminaba por la casa liviano,
flotaba, deslizándose en cada metro como cuando el piso está recién
lustrado.
El caféy las tostadas que siempre eran su desayuno, se extendieron una hora más de lo
normal para probar la libertad que sentía. Su jefe no había respondido el
mensaje que le había mandado pero tampoco lo había llamado. No era tan grave faltar un día después de
cuatro años de asistencia perfecta.
Se
quedó un rato largo mirando por la ventana el vuelo de una gaviota. Escribió
algunos apuntes sobre eso. Limpió la casa. Revolvió esos cajones en los que se
guarda la historia entera. Miró fotos
viejas, leyó cartas de amores pasados, escritos de primaria, cuadernos de
comunicados y libretas con sueños postergados.
Solo
necesitó un amanecer para reencontrarse. Para sacar de encima la presión que cargaba.
De esa piedra que colgaba sobre su espalda, llena de responsabilidades y aburrimiento. Ya empezaba a sentirse
renovado. Su sonrisa se había dibujado despacito con el correr de esas primeras
horas libres.
Regó
las plantas que, antes secas, reflejaban su falta de pasión, de compromiso con
la vida. Ahora se empezaban a recomponer.
Los rayos del sol iluminaban las hojas y el verde revivía. Pintó las macetas para que también formen
parte del renovado balcón.
Entusiasmado
con la energía del ambiente prendió algunos sahumerios. Respiró paz en
silencio. Salió caminar y paseó bajó la sombra de unos árboles, compró verduras
y pollo. Cocinó y disfrutó salir del habitual almuerzo del bar de la esquina de
la oficina en donde todo era frito y grasoso.
Durmió
un rato la siesta, hasta que lo despertó su celular. Llamaba su supervisor, las
obligaciones, la piedra en la espalda. Todo
volvió a ser incomodo, el pantalón le apretaba, los zapatos le ahorcaban los
pies, la calle era un infierno de asfalto.
Su
garganta se secó y lo atravesó nuevamente el exceso de normalidad. De la vida
que le habían dicho que tenía que vivir. Pensó en que si perdía su puesto de trabajo
todo sería un desastre. No podría hacerle regalos a la mujer que aún no conocía,
ni mantener a los hijos que aún no tenía y no quedarían propiedades para
escriturar como herencia después de su muerte.
Otra vez observador del mundo congelado, se
quedó inmóvil. Esclavo de la quietud de ideas, de su helada tibieza. De su
falta de decisión. Del miedo, que actuando
como represor, lo dejó viviendo para siempre en
cámara lenta. En el paso retrasado, en la distancia, en la indiferencia
constante.