Aunque nunca llegan, yo sigo escribiendo todos los días las
cartas. Lo hago con dedicación, con el
deseo de que las leas y sin la ilusión de que contestes. Dedicarte algunas líneas,
aunque estés escondida y solo seas
ausencia, me revitaliza.
Hay esperanza porque
todavía hay belleza. Porque quedan locos que no se dispersan a la
hora de perderse en un mar de letras, porque
todavía sigue siendo necesario bucear en la duda y la arena es más interesante
que su representación en relojes.
Probé sin suerte con varias direcciones y el empleado del
correo ya es cómplice de mi locura. Quiero contarte sobre mis cosas insignificantes,
las recetas nuevas, las plantas, la familia. Más quiero escucharte, sin que tus
palabras digan nada, quiero deshacerme
en el tono de tu voz.
Sigo atravesando en prosa; calles, mares y vientos. Sin lograr que mis letras se
reflejen en tus pupilas. Sigo rompiendo cadenas en poesía, aunque no guíen mis
relatos hasta vos. Por ese placer efímero de libertad, por mi dosis de amor, por la
necesidad de autoreflejarte.
En la oficina postal algunos me miran descreídos cuando cada
mañana acerco el sobre, últimamente sin siquiera coordenadas. Ya no te busco, sería la peor manera de gastar
energía, sería la forma más eficaz para no encontrarte.
No espero nada, no reclamo posesión. Solo sueño que existas.
A kilómetros, en algún bar, en alguna
playa desierta, en algún callejón oscuro, en cualquier rincón humanamente
inalcanzable. Donde solo mis cartas
puedan llegar y nos baste el paisaje de tinta para amanecer juntos, para sentir
la dulzura de las voces y el calor del abrazo.
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