Desviaba
siempre tres cuadras el camino de vuelta a casa solo para ver su balcón. Las plantas me contaban como
andaba. Cuando estaban resecas y decaídas, te imaginaba estresada y atareada.
Otras veces relucientes, bien hidratadas, te soñaba relajada. Disfrutando sin ansiedad del sonido de las agujas del
reloj.
Para
ese día en que dijiste basta ya no éramos tan jóvenes, esos dieciséis años
cargados de ingenuidad se habían transformado en treinta de demasiada realidad.
De calle, de tráfico, de jefes exigentes, de compañeros elocuentes, de
calenturas frustradas y otras decepciones.
Habíamos
cambiado la literatura por el periodismo, las películas por los noticieros, los
cuentos por los diarios. Las fantasías por lo convencional, la rebeldía por
conformismo y los cuadros por espejos.
Los dos
lo sabíamos, estábamos trabados en una limitación inexistente. Entramos en un relato innecesario. Hacíamos
planteos obsesivos, le poníamos etiquetas a todo, cercábamos el área de propiedad privada y
caíamos en todos los lugares comunes.
Almorzábamos
los domingos en casa de los suegros, íbamos al tigre, teníamos tarjetas de
crédito, comprábamos en el shopping,
cenábamos con parejas amigas, festejábamos el 14 de febrero, veíamos
canales de cable y calentábamos comida en el microondas.
Usábamos
las banalidades como excusas para discutir, nunca mencionábamos el verdadero
deseo. Dábamos muchos rodeos, usábamos
palabras complicadas. Desviábamos el eje. Nos mentíamos sin hablar. Ignoramos
la esencia, nos transformamos en cualquier cosa.
Envejecimos
años en días. Envejecimos mucho. Tanto que llegó una noche que no pudimos. Que
lo intentamos pero no había forma. Las
luces apagadas y las sábanas ocultaban la vergüenza, no podíamos ni siquiera
mirarnos. No había humedad en nuestros
cuerpos. La simulación se había terminado, no restaba energía ni para un
sacudón más.
A la
mañana siguiente con cariño y tristeza supe que su beso apasionado era el
principio del fin. Después de tanto tiempo nadie besa de esa manera sin un
porque. Era el final. El último beso, el último abrazo. La despedida. Pero
también la bienvenida. Nos alejamos de lo que pretendían de nosotros. Nos tocaba volver a ser.