El era mar y ella montaña. A pesar de eso, y no entiendo
porque, estuvieron treinta tristes y aburridos años casados. Me contaron muchas
veces los arquitectos de parejas que esto no debe suceder, que mar y montaña no
pueden fusionarse. Sin embargo, el destino caprichoso, el aburrimiento y el conformismo congeniaron para que el agua
y el aceite se junten.
Hace un tiempo que viven a dos barrios de distancia. No hay
vuelta atrás. No se dirigieron la palabra desde aquellos entredichos por el
vaso caído y la ornalla encendida. Solamente se juntaron con esos tipos de
traje a firmar unas fotocopias blanco y
negro.
Desde ese día el gordito tiene dos casas, recibe el doble de
regalos para su cumpleaños y los ve la
mitad. Estimula su imaginación jugando crucigramas, lee mucho más, mira
programas políticos como si los entendiera, usa pantalones de jean con
cinturones negros, se calza los zapatos,
cocina, madura más rápido y llora el triple que antes.
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