La bandera roja y negra no solo no me asustó, sino que
aumentó mis entrar en el mar. En el momento en que mis padres se distrajeron
por las habituales discusiones absurdas, yo aproveché a darme un chapuzón.
Nadé y no percibí el riesgo hasta que me di cuenta que ya no
decidía la dirección de mi cuerpo. Por más que peleaba las olas me revoleaban
con violencia de un lado a otro. Me golpeaba el cuerpo contra el fondo y no podía salir.
A punto de perder la conciencia , abandoné la lucha. Cerré
los ojos y me desligué del asunto. Segundos
después aparecí en la orilla con raspaduras en los brazos, piernas y espalda .Con
la boca llena de arena , espuma y sal.
Nunca nadie se enteró del incidente y a pesar de que sentí
que estuve cerca de morirme, repetí la maniobra varias veces. Nunca le tuve
miedo al mar, a las banderas rojas y negras y tampoco a la muerte.
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