El
escribía incansablemente, como si no existiese otro motor que movilice al
mundo. Ella pintaba retratos de
personajes que alguna vez había cruzado en el puerto. Así pasaban las horas
juntos. Disfrutaban de la invisible compañía, las palabras mudas y las miradas
desencontradas.
Había
algo de ella en él y algo de el en ella. Pero seguían siendo cada uno propios. Así como la melodía potenciaba al ritmo sin
perder su personalidad ni independencia. A pesar de eso sus almas, libres, no se
conformaban.
Era
otoño, las hojas abandonaban su lecho. El hijo se marchaba de la casa. El
abuelo consiente se despedía. La afinidad no se acababa, el cariño tampoco. Sus
caminos se desviaban. Por los menos por ese momento.
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