A veces
como ficción o monólogo interior y otras como si fuera el diario íntimo de otra
persona. Este espacio es un resumen de mi ojo crítico. De esas cosas que me
sorpreden, que me generan dudas. De lo que me da curiosidad, de lo que me inquieta.
Para
escribir no hay que ser indiferente. Por los menos ante algo, cualquier cosa,
la política, la cultura, el deporte, lo cotidiano, el sexo, los colores o el
tráfico. Hay que ser críticos, hay que tener opinión. No hace falta que el tema
sea trascendental. La trascendencia se la da la calidad del relato. La fuerza
de las palabras, la belleza del sonido, el ritmo y la contundencia.
Tocando
el límite, provocando, a punto de caer por la borda. Generando enojos,
indignaciones o risas, no hay que tener
miedo de ofender la moral de otros. Se
puede pifiar en alguna, pero si la idea es auténtica vas a caminar por esa fina
cornisa que da la verdadera potencia, esa que encarna al lector en el texto, la
que transforma la ficción en realidad por algunos momentos. La que hace
explotar sin límites la imaginación.
Ser
autoreferencial, derribar los tabúes, ir
por los mitos personales, hacerle caso al olfato. No escribir cosas que no
dirías. Esas son las guías de Las ideas que incomodan. Ese es mi único manual de
estilo. No hay más que eso. Todo lo otro es puro cuento.
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