sábado, 18 de abril de 2015

El mundo congelado

La noche anterior había decidido apagar el despertador casi como un acto de rebeldía. A la mañana siguiente puso música suave para relajarse. Arrancó el día tranquilo, caminaba por la casa liviano,  flotaba, deslizándose en cada metro como cuando el piso está recién lustrado.
El caféy las tostadas que siempre eran su desayuno, se extendieron una hora más de lo normal para probar la libertad que sentía. Su jefe no había respondido el mensaje que le había mandado pero tampoco lo había llamado.  No era tan grave faltar un día después de cuatro años de asistencia perfecta.
Se quedó un rato largo mirando por la ventana el vuelo de una gaviota. Escribió algunos apuntes sobre eso. Limpió la casa. Revolvió esos cajones en los que se guarda la historia entera.  Miró fotos viejas, leyó cartas de amores pasados, escritos de primaria, cuadernos de comunicados y libretas con sueños postergados.
Solo necesitó un amanecer para reencontrarse. Para sacar de encima la presión que cargaba. De esa piedra que colgaba sobre su espalda, llena de responsabilidades  y aburrimiento. Ya empezaba a sentirse renovado. Su sonrisa se había dibujado despacito con el correr de esas primeras horas libres.
Regó las plantas que, antes secas, reflejaban su falta de pasión, de compromiso con la vida. Ahora se empezaban a recomponer.  Los rayos del sol iluminaban las hojas y el verde revivía.  Pintó las macetas para que también formen parte del renovado balcón.
Entusiasmado con la energía del ambiente prendió algunos sahumerios. Respiró paz en silencio. Salió caminar y paseó bajó la sombra de unos árboles, compró verduras y pollo. Cocinó y disfrutó salir del habitual almuerzo del bar de la esquina de la oficina en donde todo era frito y grasoso.
Durmió un rato la siesta, hasta que lo despertó su celular. Llamaba su supervisor, las obligaciones,  la piedra en la espalda. Todo volvió a ser incomodo, el pantalón le apretaba, los zapatos le ahorcaban los pies, la calle era un infierno de asfalto.
Su garganta se secó y lo atravesó nuevamente el exceso de normalidad. De la vida que le habían dicho que tenía que vivir.  Pensó en que si perdía su puesto de trabajo todo sería un desastre. No podría hacerle regalos a la mujer que aún no conocía, ni mantener a los hijos que aún no tenía y no quedarían propiedades para escriturar como herencia después de su muerte.
 Otra vez observador del mundo congelado, se quedó inmóvil. Esclavo de la quietud de ideas, de su helada tibieza. De su falta de decisión.  Del miedo, que actuando como represor, lo dejó viviendo para siempre en  cámara lenta. En el paso retrasado, en la distancia, en la indiferencia constante.



No hay comentarios:

Publicar un comentario