martes, 28 de abril de 2015

Despedida

Desnudé sus ojos con solo una mirada.  Ocultaba entre sus pupilas claras una historia que no había contado, oscura, de noche sin piedad. Un rincón de una estación desierta, el miedo de la vulnerabilidad, el dolor del abandono, la certeza de ser prescindible. Una plaza enrejada, la calesita quieta y un subibaja sin compañía.
Palabras en vano, sentimientos gastados,  frases ahora huérfanas, tatuajes que deberían desaparecer.  Un fuego se extinguía a un costado, no había forma de reavivarlo y no era culpa de nadie. Desaparecía tan rápido como se había creado.
La lluvia castigaba algunas chapas sueltas, el ruido de los truenos no dejaba crecer el silencio que quería adueñarse del banquito de cemento, que ahora era un lugar cómodo.  A donde ir con las piernas tan pesadas, se preguntaba callada. A donde ir, si la angustia siempre acompaña.

El brazo sobre el hombro fue demasiado desprecio, le quemó la piel y algo por dentro, no pudo soportar semejante gesto. Siguió con el  protocolo por inercia. Pero ya no se resistía a la distancia, al viento frío, al recuerdo partido y la soledad de las sábanas. Solo quedaba un abrazo obligado y el beso de despedida.

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