Desnudé sus ojos con solo una mirada. Ocultaba entre sus pupilas claras una
historia que no había contado, oscura, de noche sin piedad. Un rincón de una
estación desierta, el miedo de la vulnerabilidad, el dolor del abandono, la
certeza de ser prescindible. Una plaza enrejada, la calesita quieta y un
subibaja sin compañía.
Palabras en vano, sentimientos gastados, frases ahora huérfanas, tatuajes que deberían
desaparecer. Un fuego se extinguía a un
costado, no había forma de reavivarlo y no era culpa de nadie. Desaparecía tan
rápido como se había creado.
La lluvia castigaba algunas chapas sueltas, el ruido de los
truenos no dejaba crecer el silencio que quería adueñarse del banquito de
cemento, que ahora era un lugar cómodo. A donde ir con las piernas tan pesadas, se
preguntaba callada. A donde ir, si la angustia siempre acompaña.
El brazo sobre el hombro fue demasiado desprecio, le quemó
la piel y algo por dentro, no pudo soportar semejante gesto. Siguió con el protocolo por inercia. Pero ya no se resistía
a la distancia, al viento frío, al recuerdo partido y la soledad de las
sábanas. Solo quedaba un abrazo obligado y el beso de despedida.
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