martes, 24 de febrero de 2015

Playa invierno



 Odiábamos estirarnos como lagartos durante horas para tomar bronceado y que todo el mundo al regreso se dé cuenta que habíamos estado de vacaciones, por eso nos gustaba ir a Playa Invierno. Para apreciar la belleza discriminada.
En este lugar siempre llovía y la noche era casi eterna, los rayos de sol se escondían  constantemente detrás de nubes negras. Pero el mar siempre estaba ahí, la arena era pura, el aire acariciaba, la gravedad actuaba distinto, nos hacía flotar y además estábamos casi solos.
Llegábamos de casualidad porque no aparecía en ningún mapa y todas las rutas iban a contramano. Tampoco teníamos gps,  nos llevaba la intuición, la razón , el impulso y el deseo. Parábamos en cualquier casa abandonada. No había oficina turística ni turistas, no salía en los recomendados del diario, no lo ofrecían en las agencias de viaje, no existían paquetes ni promociones. Carecía de publicidad. Era un lugar como cualquier otro, distinto a todos.
Julia a veces salía por las mañanas a charlar con los árboles, se perdía intencionalmente en los bosques porque  el tiempo no corría. Sabía que en algún momento la salida aparecería. Yo frecuentaba la noche, abrazaba a las gotas de agua, mojarse no era una tragedia. Cantaba para resonar en el vacío y los médanos me hacían los coros.
Nos encontrábamos a la madrugada, casi no hablábamos, solamente leíamos nuestros pensamientos y a veces algún libro. Cometíamos religiosamente los pecados,  llenábamos nuestros cuerpos de vino, clavábamos la mirada sobre el otro un par de horas y dormíamos en camas separadas.
Algunos días más rutinarios, otros desestructurados, manejábamos los segundos a nuestro gusto. A veces bailábamos con los locos sueltos que aparecían casualmente, visitábamos el hospital y almorzábamos en la escuela. Íbamos al cementerio para tomar clases de historia con los muertos.
Cuando nos sentíamos satisfechos volvíamos sin pedir permiso, relajados, con poco tráfico, nada de bocinazos y ni  una discusión.  Ya habíamos tirado las presiones por las ventanillas, pesábamos lo mismo pero estábamos más livianos.
Así fue durante mucho tiempo, hasta que el sol salió, la lluvia cesó y la magia se perdió.  Playa Invierno apareció en el mapa, los hoteles se multiplicaron, las ofertas turísticas y los paquetes también. La gravedad se normalizó y el andar de la gente también, los relojes volvieron a marcar la hora. Los bares llenos de cola y prosperidad económica relucían sobre la avenida que supo ser  calle de tierra.

Cámaras de fotos, flashes, luces, troncos caídos, naturaleza muerta, asfalto y olor a ciudad completaban el nuevo paisaje. Los que se estiran como lagartos poblaban se amontonaban solo en temporada alta, pero lo arruinaban para todo el año.  Nosotros, fuera de compás, elegimos otra vez quedarnos en casa. Buscando un nuevo lugar para perdernos del mundo.

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