En este lugar siempre llovía y la noche era casi eterna, los
rayos de sol se escondían constantemente
detrás de nubes negras. Pero el mar siempre estaba ahí, la arena era pura, el
aire acariciaba, la gravedad actuaba distinto, nos hacía flotar y además
estábamos casi solos.
Llegábamos de casualidad porque no aparecía en ningún mapa y
todas las rutas iban a contramano. Tampoco teníamos gps, nos llevaba la intuición, la razón , el
impulso y el deseo. Parábamos en cualquier casa abandonada. No había oficina
turística ni turistas, no salía en los recomendados del diario, no lo ofrecían
en las agencias de viaje, no existían paquetes ni promociones. Carecía de
publicidad. Era un lugar como cualquier otro, distinto a todos.
Julia a veces salía por las mañanas a charlar con los
árboles, se perdía intencionalmente en los bosques porque el tiempo no corría. Sabía que en algún
momento la salida aparecería. Yo frecuentaba la noche, abrazaba a las gotas de
agua, mojarse no era una tragedia. Cantaba para resonar en el vacío y los
médanos me hacían los coros.
Nos encontrábamos a la madrugada, casi no hablábamos,
solamente leíamos nuestros pensamientos y a veces algún libro. Cometíamos
religiosamente los pecados, llenábamos
nuestros cuerpos de vino, clavábamos la mirada sobre el otro un par de horas y
dormíamos en camas separadas.
Algunos días más rutinarios, otros desestructurados,
manejábamos los segundos a nuestro gusto. A veces bailábamos con los locos
sueltos que aparecían casualmente, visitábamos el hospital y almorzábamos en la
escuela. Íbamos al cementerio para tomar clases de historia con los muertos.
Cuando nos sentíamos satisfechos volvíamos sin pedir
permiso, relajados, con poco tráfico, nada de bocinazos y ni una discusión. Ya habíamos tirado las presiones por las ventanillas,
pesábamos lo mismo pero estábamos más livianos.
Así fue durante mucho tiempo, hasta que el sol salió, la
lluvia cesó y la magia se perdió. Playa
Invierno apareció en el mapa, los hoteles se multiplicaron, las ofertas
turísticas y los paquetes también. La gravedad se normalizó y el andar de la
gente también, los relojes volvieron a marcar la hora. Los bares llenos de cola
y prosperidad económica relucían sobre la avenida que supo ser calle de tierra.
Cámaras de fotos, flashes, luces, troncos caídos, naturaleza
muerta, asfalto y olor a ciudad completaban el nuevo paisaje. Los que se
estiran como lagartos poblaban se amontonaban solo en temporada alta, pero lo
arruinaban para todo el año. Nosotros,
fuera de compás, elegimos otra vez quedarnos en casa. Buscando un nuevo lugar
para perdernos del mundo.
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