Miercoles:
Hoy me levanté temprano, sabiendo que el viaje desde Munro
hasta Villa Soldati iba a ser largo. También tuve en cuenta que las calles del
barrio porteño también conocido como “bajo flores”, son más transitables para
mi labor como corredor de una marca de cervezas
entre las 8 y las 12. Después de ese rango horario todo se vuelve
bastante más desolado, más turbio.
Avancé en el 46 por Mariano Acosta, hasta la intersección
con la avenida Riestra. No dejó de llamarme la atención la cantidad de cuadras
en donde el paisaje era el mismo. Fueron por los menos 15 seguidas de: autos
destruidos estacionados contra el cordón, Monoblocks venidos a menos, largos
pasillos que conducen a casas humildes, terrenos baldíos, descampados y basura
por todos lados.
Me bajé del colectivo y crucé bastante distraído a la vereda
impar. Sin darme cuenta, casi me llevo puesto al Premetro, un tren antiguo que
parece destartalarse a cada paso y que transita por el medio de la calle. Hacia
adentro se veía peor que desde afuera. Evidentemente Buenos Aires no es una
ciudad para todos como dice el slogan de campaña.
Apuré el paso y me metí en el primer autoservicio, la
diferencia con los barrios del norte es clara, acá las góndolas no están
plagadas de primeras marcas. No hay monopolio, hay variedad. Gaseosas de $8, de
$15 y $20. La decoración y el estado general del inmueble es menos pretenciosa
pero no está mal. Las luces son más tenues, el trato de los chinos es igual en
todos lados.
Promediando la mitad de mi recorrido me fui para las afueras
del barrio, ahí por la Avenida Cruz, por donde pasan los matojos rodandos y
todo se parece más a un Western que a las publicidades que pintan a la Ciudad
de Buenos Aires como una ciudad uniformemente moderna y cool.
Venía relojeando los carteles de la altura buscando el 1959,
cuando de pronto siento un golpe fuertísimo en el brazo derecho. Mi reacción instintiva
fue tirar un codazo hacia atrás, escuché algo así como “dame todo” y salí
corriendo. Cuando gire la cabeza para ver si alguien me seguía observe que un
tipo tenía un fierro en la mano, con eso y me había golpeado, y estaba
acompañado por otros 4. Decidieron no seguirme. Se ve que sería más cómodo
buscar otra presa.
Shockeado y un poco
nervioso decidí visitar igual los clientes que me faltaban. No quería perder mi
derecho a transitar la calle y poder realizar mi trabajo. Fui hasta la parada del colectivo y volví a
mi casa bastante perturbado. Charlé un
poco con mi papá, le conté lo que me había sucedido y lo contextualicé con el estado del barrio. El me respondió que
había trabajo por ahí hace como 30 años. Nada cambió en ese lapso de tiempo, mi
descripción coincidía con la suya.
En Villa Soldati vive gente humilde , viven trabajadores,
chorros y asesinos. Vive gente, como en todos lados. Pero no como en todos
lados, en Villa Soldati no pusieron macetas de colores, no hay subtes, las
plazas tienen el pasto alto, el servicio de recolección de basura es
pésimo, las villas no se urbanizaron y
la gente vive asinada. Nadie se acuerda de los muertos del Parque Indoamericano, de las
promesas no cumplidas y principalmente, a la hora de repartir la torta, nadie se acuerda de Villa Soldati.

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