Una invasión extraterrestre, una peste, un ataque de
zombies, una guerra mundial, perder mi trabajo o por los menos enamorarme. Pero
necesito movimiento. No soporto la quietud, necesito que la sangre corra, que
los extremos estén en juego, que los planetas se choquen. Necesito de mi droga,
necesito adrenalina.
Casi todo lo adictivo termina en “ina”, me dijieron una
vez. Todos somos adictos a algo pensé
yo. Toque el botón de pausa y miré hacia adentro, baraje mil palabras en 2
minutos, pasaban como las imágenes de las maquinitas del casino cuando tirás de
la palanca. Hasta que se frenó. De golpe
y con mucha contundencia.
Yo soy adicto a la
adrenalina. Soy adicto a la adrenalina y soy músico. Esa es una combinación
peligrosa, es como darte una dosis enorme de la droga más fuerte que existe, pero
cada tanto. Cada dos semanas, en
promedio. Subir y bajar. Subir lo más alto que se puede subir, pero estar más
tiempo abajo que arriba. De eso se trata mi vida de adicto.
De sentir el fuego y que no me queme, pero que la más mínima
brisa me pueda congelar. De llenar espacios por unas horas y que
después se vuelvan a vaciar. De retroceder varios casilleros para ver si porfin
puedo avanzar alguno. De respirar pensando en cómo sería dejar de respirar.
Pero sin la dosis es peor. Es como si todo se detuviera
parodiando a una película de ciencia ficción con pocos argumentos y de bajo
presupuesto. Es como si todo lo que
quedara fuese peinar canas. Como si
metieran al mundo en un freezer donde el único movimiento posible es el de las
agujas del reloj, amenazándote , burlándose de vos, cantándote el “game over”
antes de tiempo.
Y cada tanto aparece el miedo, el miedo a no ser o a no
hacer, a no llegar a tocar el techo. A que se acabe sin conocer el último
nivel, la ultima dimensión, a que se apaguen las luces y el último show se allá
terminado. A que ayer sea hoy y mañana pasado. Al abrazo de despedida. A los
Deja Vu, a que todo ya esté escrito y cuidadosa pero peligrosamente diagramado.
A no poder escaparme del mundo, a no poder volar, a no
romper esquemas, a callarme o peor aun, a hablar despacito. A que me aten de
pies y manos, a que ya no me señalen,
que no se rían de mi, que no me vean como un loco, a que me
desintoxiquen, a ser normal, a que me
saquen mi dosis.
No hay comentarios:
Publicar un comentario