domingo, 3 de mayo de 2015

Soledad



Casi nunca puedo dormir de corrido. Algunas pesadillas recurrentes y pensamientos inquietos invaden mi cabeza.  Rompen la tranquilidad de la madrugada. Cortan el silencio de la noche y congelan el clima hasta en verano.
Perdí la cuenta, hace meses o hace años, que tengo una alarma interna que suena cuatro veces al día y a la misma hora durante mis fallidos intentos por descansar. El insomnio me tiene adormecido toda la jornada, como si me hubiesen aplicado anestesia.
Me hace transitar finamente el hilo de la cordura,  replantearme la diferencia entre realidad y ficción, la autenticidad de los colores y la credibilidad de mis hermanos.  Me vuelve ajeno a mi cuerpo, me hace salir de mi sistema y ver todo de afuera.
Soy un ente externo, ya no me creo mi dueño. Ni de nada ni de nadie.  Exploro desde arriba o desde abajo pero siempre con panorama. Toda esta locura. Todo este imposible territorio de agua, tierra, brillantes, olores y sexo.
No encuentro compañía acá, es un extraño aislamiento. No hay hombres ni mujeres a mi alrededor y no me preocupa. Escucho disparos y veo imágenes difusas con finales inconclusos.  No hay películas, no hay música, desparecen los libros. Ausencia del arte, ausencia de auscencia. Quisiera estar por los menos conmigo.

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