Literatura y música son casi lo mismo. Por sus componentes,
por su forma de resonar en el cuerpo y por su rebeldía. No
puedo dejar de escuchar la poesía aún en discos instrumentales, ver el anochecer de una calle desierta,
sombreros y sacos antiguos, faroles tratando de iluminar y pasos acelerados, en
el famoso álbum Kind Of Blue de Miles Davis.
Los sonidos dicen y las letras también cantan. Es inevitable,
están creadas para eso. Los cuentos tienen armonías, tienen disonancias y sobre
todo rítmica. Nunca un buen texto puede carecer de música. Como una buena
música no puede obviar la lírica, aunque no esté explícita.
Como Córtazar en Rayuela, el Jazz desgeneró la línea
narrativa. Saltea espacios sin decir lo no dicho. Va de un lado a otro como zamarreando
al receptor. Pero siempre con una estética, que vuelve a armar el hilo intencional
o casualmente desarmado.
Los capítulos en los libros, los tracks en un disco, tienen
un orden. Aunque en los tiempos de la descarga vía internet y la lectura rápida se
pierda de visto, esto es esencial para generar un clima. Por algo besamos
antes de tener sexo y no al revés.
No tengo dudas de que Piazolla pudo haber sido un gran escritor
de novelas cargadas de melancolía o Roberto Arlt el precursor del rock progresivo en Argentina. Porque el contenido siempre es auto referencial.
Lo fantástico y lo real son parte de nuestras experiencias de vida, de nuestro
pasado, de nuestra visión del mundo. Tal vez eso es el arte, una visión del
mundo. O un poquito más.
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