Siempre me había sorprendido esa parte tan irracional, esa
facilidad tan natural para ser engañado. Ese fanatismo por esposarse y tragarse
las llaves de su propia libertad. Esa condena que se fijaba por haber sonreído
aunque sea una vez, o por haber visto sonreír a otro y disfrutar un poquito de
eso.
Insospechables eran sus ganas de darse martillazos en las
manos, como una adicción que no había forma de parar. No había consejo ni
tratamiento que lo haga entrar en razones. Cada tanto cerraba la puerta de su
cuarto y solo nos quedaba rezar que por los menos no se golpee en la cabeza.
Algunos se auto flagelan convencidos, con violencia y a la luz del día, otros lo
hacen en paz, a oscuras y engañados, en las urnas.
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