domingo, 13 de diciembre de 2015

Lastimarse

Siempre me había sorprendido esa parte tan irracional, esa facilidad tan natural para ser engañado. Ese fanatismo por esposarse y tragarse las llaves de su propia libertad. Esa condena que se fijaba por haber sonreído aunque sea una vez, o por haber visto sonreír a otro y disfrutar un poquito de eso.

Insospechables eran sus ganas de darse martillazos en las manos, como una adicción que no había forma de parar. No había consejo ni tratamiento que lo haga entrar en razones. Cada tanto cerraba la puerta de su cuarto y solo nos quedaba rezar que por los menos no se golpee en la cabeza. Algunos se auto flagelan convencidos, con violencia y a la luz del día, otros lo hacen en paz, a oscuras y engañados, en las urnas.

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