Me costaba meterme en la bañadera. Zambullirme en el agua era como un cachetazo en la cara y en un principio
no había una temperatura que me convenza.
Con el pasar de los minutos mi cuerpo se relajaba. Mi mamá encendía un caloventor, me iba acostumbrando
y después no quería salir. Pero al rato
la cena estaba lista y los gritos de mi papá que venían de la cocina imponían
tanto respeto que cortaban cualquier clima.Varios años después
me pasó algo parecido con Loana.
Ella me buscaba sin cansancio y yo trataba de evitarla. Era
flaca, morocha ; de ojos negros y seductores. No le gustaba pasar
desapercibida, era peligrosa a simple
vista. Insistía en reírse de mis chistes absurdos, me perseguía
silenciosa hasta los lugares más oscuros y acompañaba la penumbra. Desafiaba
con miradas fijas. Pasaba sus manos y sus labios por mis puntos débiles, esos
rincones donde nadie se puede defender.
Se fue adueñando. Ganó la pulseada del poder y me atrapó en
confianza como la bañadera. Hasta sentí el mismo calor mojado en la piel. Esta
vez el único grito fue de silencio. Desapareció. Me apuñaló la indiferencia
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