miércoles, 17 de junio de 2015

Salir de la bañadera

Me costaba meterme en la bañadera. Zambullirme en  el agua era  como un cachetazo en la cara y en un principio no había una temperatura que me convenza.  Con el pasar de los minutos mi cuerpo se relajaba.  Mi mamá encendía un caloventor, me iba acostumbrando y después no quería salir.  Pero al rato la cena estaba lista y los gritos de mi papá que venían de la cocina imponían tanto respeto que cortaban cualquier clima.Varios años después  me  pasó algo parecido con Loana. Ella me buscaba sin cansancio y yo trataba de evitarla. Era flaca, morocha ; de ojos negros y seductores. No le gustaba pasar desapercibida, era  peligrosa a simple vista. Insistía en reírse de mis chistes absurdos, me perseguía silenciosa hasta los lugares más oscuros y acompañaba la penumbra. Desafiaba con miradas fijas. Pasaba sus manos y sus labios por mis puntos débiles, esos rincones donde nadie se puede defender.
Se fue adueñando. Ganó la pulseada del poder y me atrapó en confianza como la bañadera. Hasta sentí el mismo calor mojado en la piel. Esta vez  el único grito fue de silencio.  Desapareció. Me apuñaló la indiferencia

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