Soy de esos que afortunadamente no saben que quieren para su vida. Un buscador nato. Escribo pero no soy escritor, toco el bajo, la guitarra y canto pero no soy músico, cojo pero no soy un taxi boy.
Tal vez por eso estoy solo, tal vez por eso las paredes frías, el departamento vacío, las fotos llenas de polvo y las guitarras calientes. No puedo culpar a Loana por haberse ido, paso más tiempo cantando que hablando, creo más en la melodía que en la bajada de línea, en el amor más que en el romance y en el sexo más que en el miedo.
Soy un desastre y ella no. El desordenado puede acostumbrarse al meticuloso, pero al revés es imposible. Por eso no me molestaba cuando terminábamos de comer y en seguida se ponía a lavar mientras yo encendía un porro o cuando acomodaba las remeras y pantalones que dejaba tirados por toda la casa.
De existir culpas en una separación, en este caso serían todas mías. Porque soy el repetidor del colegio, el desobediente de la iglesia, el hijo drogadicto, el infiel en la pareja. Yo soy lo que no corresponde, el que no merece nada.
Ella es la de los posgrados, la del perfume constante, la que sueña con ser madre y tener perros y un jardín lleno de flores y tal vez hasta una mucama y un buen auto, vacaciones en Asia y otros lugares donde va la gente buena que encima es culta.
Pero lo acepto sabiendo que algún día voy a encontrar un camino y cuando así sea voy a hacer todo para perderlo. Porque no me gusta la comodidad, necesito siempre salir de ahí, cuando sea un gran bajista me dedicaré al saxofón y cuando sea best seller dejaré de publicar libros.
Está en mi naturaleza, en lo infinito del universo, en lo hermoso del conocimiento, en la historia, en la psicología, en Freud, en Piazzolla, en Cortázar, en los labios de Loana, en los abrazos de mi mamá, en la forma de caminar de la mujer que se acaba de bajar del colectivo.
Aunque no corresponde le quiero pedir que vuelva, un ratito. No pretendo atarla a mi caos, solo un poco de esa alegría, sin esperanzas ni reproches. Sin pretender nada eterno, excepto esa huella, eso que siempre queda. Ese juego que hacíamos desnudos adentro de la frazada, esa música en la cabeza, esa frase dando vueltas en el viento.
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