La tarde estaba aburrida, porque siempre son así, un intolerable gris, una incansable indefinición, ni mañana ni noche. Buscábamos que hacer como si hubiera algo que repentinamente pudiera dar sentido a eso que la gente llama estar por estar.
A ella le encantaba la indiferencia, la llamaba paz. Yo quería viajar por el mundo con la excusa de que mañana puede pisarme un colectivo y morir con menos kilómetros recorridos que la chatarra esa que me aplastaría.
Casi siempre cogíamos a la misma hora. Después se dormía temprano y yo miraba películas hasta que los ojos se me cerraban solos, a veces eran tres o cuatro consecutivas. Nuestras diferencias eran funcionales a los gustos del otro. Casi nunca nos molestaba la caprichosa esencia de ser distintos.
Pero yo quería recorrer y ella quería regar plantas y cambiar azulejos en el baño. Nunca entendí a la gente que se fanatiza con decorar algún ambiente en particular de la casa, no me cierra la ecuación de invertir más tiempo del que lo vas a usar en hacer algo.
Para acortar esa distancia inventé un juego de mesa en el que uno tiraba los dados y avanzaba por distintos lugares del mundo, donde mostraba atractivos turísticos, paisajes y particularidades del sitio en el que uno caía. Quería usar su costumbrismo para acercarla a mi pasión.
Conseguí despertar su interés en algunos países raros y hasta entró en internet y se aprendió las capitales de toda áfrica. Pero para ella el monitor, el mate y las facturas seguían siendo más interesantes que la tierra, los animales salvajes, los glaciares y los colchones finitos de los hoteles de paso.
Insistí de otras maneras igual de creativas porque soy un artista. Ella es contadora y sus padres también. Los míos murieron cuando era muy chico, mi crianza fue a veces en casa de mis abuelos, otras en lo de mis tíos, pero casi siempre en la calle. Tal vez de ahí nuestra diferencia en apegarse o no a un techo y unas paredes.
No había forma de convencerla, ni playa ni montaña, ni pueblo ni ciudad. María quería su programa de cocina a la hora de siempre, las sábanas limpias y salir a hacer las compras para charlar del clima con el almacenero.
Me sorprendió su pasividad. Mientras yo armaba el bolso ella lavaba los platos y escuchaba un programa de radio que decía alegremente que todo está mal. Lo único que escapó al libreto fue el horario del sexo, nunca lo habíamos hecho antes de que caiga el sol. Pero la despedida lo justificaba.
En parís no hacía lo de siempre y era fácil tomarse un tren para llegar a otro lado. También me costaba menos extrañarla y entender la falta de nuestros extremos. Nada me gustaba tanto como nuestra casa cuando estaba lejos.
Después de unos meses de perderme y encontrarme, de no ver caras conocidas ni buscar explicaciones a la belleza o al odio, de recibir y tirar mapas, aprender y olvidar puntos de referencia. Volví a buscarla, nadie había tocado mis discos, las fotos seguían donde siempre, la mesa estaba servida para dos, todo estaba limpio y en su lugar, incluso nuestro amor.
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